El estudio que volvió a poner el IMC en el centro del debate
En 2026, una investigación publicada en el British Journal of Sports Medicine analizó los datos de más de 40.000 adultos y llegó a una conclusión que muchos profesionales del fitness ya sospechaban: el Índice de Masa Corporal clasifica mal a una proporción considerable de personas. El problema no es menor. Según ese estudio, hasta un 30% de los adultos con un IMC considerado "saludable" presentaban marcadores metabólicos de riesgo, mientras que otro grupo significativo era etiquetado como "obeso" pese a tener una composición corporal perfectamente funcional.
El caso más evidente es el del deportista musculado. Un atleta de fuerza con 85 kg y poca grasa corporal puede tener el mismo IMC que una persona sedentaria con alto porcentaje de grasa visceral. El índice no distingue entre músculo y tejido adiposo. Simplemente divide el peso entre la estatura al cuadrado y produce un número que, fuera de contexto, dice muy poco.
Esto no sorprende a quienes conocen el origen de la herramienta. Pero sí confirma algo urgente: seguir usando el IMC como si fuera un diagnóstico individual es un error con consecuencias reales, tanto en la consulta médica como en el entrenamiento.
El IMC nunca fue diseñado para ti
El Índice de Masa Corporal fue desarrollado en el siglo XIX por el matemático belga Adolphe Quetelet. Su objetivo era describir tendencias estadísticas en poblaciones, no evaluar la salud de una persona concreta. Quetelet no era médico. No estaba pensando en tu rendimiento deportivo ni en tu riesgo cardiovascular individual. Estaba construyendo un modelo demográfico.
Décadas más tarde, las aseguradoras de salud en Estados Unidos adoptaron el IMC como criterio de clasificación porque era barato, rápido y estandarizable. A partir de ahí, la herramienta migró a la práctica clínica y, finalmente, a los gimnasios y aplicaciones de bienestar. Lo que nació como estadística poblacional terminó siendo tratado como diagnóstico personal. Ese salto es el problema.
Cuando un médico le dice a un paciente que tiene sobrepeso basándose únicamente en su IMC, o cuando una app de fitness te clasifica en una categoría de riesgo por ese número, están usando una métrica fuera del contexto para el que fue creada. No es que el IMC sea inútil a escala poblacional. Es que a escala individual, sin más información, puede ser directamente engañoso.
Qué alternativas existen y cuáles realmente funcionan
La ciencia lleva años buscando mejores indicadores. Y algunos los hay. El más respaldado por la evidencia reciente es el índice cintura-talla (ICT), también conocido como waist-to-height ratio. Su cálculo es sencillo: divides el perímetro de tu cintura entre tu estatura. Un valor por encima de 0,5 se asocia de forma consistente con mayor riesgo cardiovascular y metabólico en adultos de distintas etnias y rangos de edad.
Varios metaanálisis publicados en la última década muestran que el ICT supera al IMC como predictor de hipertensión, diabetes tipo 2 y eventos cardiovasculares. La razón es fisiológica: la grasa visceral acumulada en el abdomen es metabólicamente activa y pro-inflamatoria. Medir la cintura captura esa realidad de forma más directa que el peso total.
El estándar de oro, sin embargo, sigue siendo la densitometría ósea (DEXA). Un escáner DEXA puede medir con precisión el porcentaje de grasa corporal, la masa muscular y la distribución regional del tejido adiposo. Es la herramienta más fiable que existe para evaluar composición corporal. El problema es obvio: cuesta entre 80€ y 200€ según el centro, requiere equipamiento especializado y no es accesible para el uso cotidiano. Útil para evaluaciones periódicas en deportistas de alto rendimiento. Imposible como métrica de seguimiento semanal.
Entre medias existen otras opciones con distinto nivel de fiabilidad:
- Bioimpedancia eléctrica (BIA): práctica y económica, pero muy sensible al estado de hidratación. Los resultados pueden variar 2-3 puntos porcentuales según el momento del día o si has entrenado antes.
- Plicometría (pliegues cutáneos): más precisa que la BIA si la realiza un profesional entrenado, pero dependiente del operador y con poca reproducibilidad entre diferentes evaluadores.
- Perímetros corporales múltiples: cintura, cadera, cuello. Baratos, reproducibles y suficientes para hacer seguimiento de cambios de composición en contextos no clínicos.
Ninguna alternativa es perfecta. Pero varias son claramente superiores al IMC para evaluar la salud individual de una persona activa.
Lo que esto significa si eres entrenador o atleta
Si entrenas a otras personas, el IMC no es una herramienta de coaching. Punto. Usarlo para diseñar programas, establecer objetivos o comunicar progreso a tus clientes introduce ruido donde necesitas señal. Un cliente que pierde grasa y gana músculo puede ver su IMC prácticamente sin cambios durante semanas. Si eso es lo que estás midiendo, estás midiendo lo equivocado.
Lo que sí puedes usar de forma práctica y con respaldo científico es una combinación de métricas simples: perímetro de cintura, índice cintura-talla, fotos de progreso estandarizadas y, si hay acceso, una DEXA cada tres o seis meses para clientes que buscan cambios de composición corporal. Ese conjunto de datos te da una imagen mucho más real que cualquier número que salga de una calculadora de IMC.
Para los atletas, el mensaje es más directo todavía. Si compites en deportes de fuerza, deportes de equipo o cualquier disciplina que implique hipertrofia funcional, tu IMC probablemente te clasifica como "sobrepeso" u "obeso". Ese número no refleja tu salud cardiovascular, tu capacidad funcional ni tu rendimiento. No le des más importancia de la que merece.
El IMC puede tener un uso legítimo como indicador de tendencias en estudios epidemiológicos o para hacer comparaciones entre grandes grupos de población. En ese contexto, sigue siendo útil. Pero en el momento en que lo aplicas a una persona concreta y lo usas para tomar decisiones sobre su salud o su entrenamiento, estás pidiendo a una herramienta estadística que haga un trabajo clínico para el que no fue diseñada.
La próxima vez que una app, un médico o una báscula inteligente te dé tu IMC como si fuera una verdad absoluta, ya sabes qué pregunta hacerte: ¿qué más estamos midiendo? Porque ese número solo, sin contexto, sin composición corporal como objetivo de salud, sin perímetros, sin historial clínico, no te está diciendo casi nada sobre tu salud real.