Por qué los atletas de resistencia tienen un riesgo especialmente alto
El déficit de hierro es la deficiencia nutricional más extendida del mundo, y los deportistas de resistencia lo sufren a una tasa entre 1,5 y 2 veces superior a la población general. No es mala suerte: hay mecanismos fisiológicos concretos que lo explican.
El primero es la hemólisis por impacto. Cada zancada que das corriendo destruye una pequeña cantidad de glóbulos rojos en los capilares de la planta del pie. Multiplicado por miles de pasos por sesión y centenares de kilómetros al año, el efecto acumulado es significativo. A eso se suman las pérdidas por sudor, la mayor rotación de glóbulos rojos asociada al entrenamiento intenso y, en algunos casos, microhemorragias gastrointestinales durante esfuerzos prolongados.
El resultado es que un corredor de fondo o un triatleta puede estar vaciando sus reservas de hierro de forma sostenida sin saberlo, incluso siguiendo una dieta que en teoría aporta suficiente hierro. El problema no siempre es la ingesta: a veces es la demanda.

Las corredoras: el grupo de mayor riesgo
Dentro de los atletas de resistencia, las mujeres que menstrúan son el segmento más vulnerable. La pérdida de sangre menstrual puede suponer entre 15 y 30 mg de hierro al mes, una cantidad que se suma al mayor gasto derivado del volumen de entrenamiento. Cuando ambos factores se combinan, el margen de error dietético se reduce drásticamente.
No hace falta comer mal para quedarse sin reservas. Una corredora que entrena 60-80 km semanales, con menstruaciones de duración normal y una dieta mayoritariamente basada en plantas, puede perder ferritina de forma silenciosa durante meses. Los síntomas, si aparecen, suelen confundirse con sobreentrenamiento: fatiga persistente, bajada de rendimiento, mayor percepción de esfuerzo en ritmos que antes resultaban cómodos.
Las deportistas vegetarianas o veganas tienen un riesgo adicional. El hierro de origen vegetal (hierro no hemo) se absorbe entre tres y cuatro veces peor que el hierro hemo de la carne. Aunque se puede compensar con estrategias dietéticas como combinar fuentes de hierro con vitamina C, en períodos de alta carga de entrenamiento la suplementación puede ser necesaria. Pero antes de llegar ahí, hay que hacer un paso previo que muchos atletas se saltan.
Qué analizar antes de tomar cualquier suplemento
Tomar hierro sin saber si lo necesitas no es inocuo. El exceso de hierro se acumula en órganos como el hígado, el corazón y el páncreas, y puede derivar en hemocromatosis, una condición que causa daño tisular progresivo. El hierro tampoco es un suplemento que mejore el rendimiento si tus niveles son normales: solo funciona cuando hay un déficit real.
La prueba clave es la ferritina sérica, el marcador que refleja las reservas de hierro del organismo. La mayoría de dietistas-nutricionistas deportivos utilizan un umbral de 30 ng/mL como referencia mínima en atletas, aunque los rangos de laboratorio convencionales marquen como "normal" cualquier valor por encima de 12 ng/mL. Por debajo de 12 ng/mL estaríamos hablando de una deficiencia franca.
Un panel completo debe incluir también hemoglobina, hematocrito, hierro sérico y saturación de transferrina. La ferritina sola puede ser engañosa: en estados inflamatorios agudos (como los que ocurren tras un entrenamiento intenso), la ferritina sube artificialmente. Por eso conviene analizar en reposo, al menos 24-48 horas después del último esfuerzo intenso. Si los valores apuntan a deficiencia, habla con un profesional antes de autosuplementarte.
Estos son los parámetros básicos que deberías revisar con tu médico o nutricionista deportivo:
- Ferritina sérica: el indicador más sensible de las reservas. Objetivo en atletas: por encima de 30 ng/mL.
- Hemoglobina: por debajo de 12 g/dL en mujeres o 13 g/dL en hombres indica anemia establecida.
- Saturación de transferrina: por debajo del 20% sugiere disponibilidad insuficiente de hierro para la eritropoyesis.
- Hierro sérico: útil en conjunto, pero poco específico si se analiza de forma aislada.

Bisglicinato vs. sulfato ferroso: qué forma elegir y qué esperar del tratamiento
Si la analítica confirma que necesitas suplementarte, la elección de la forma importa más de lo que parece. El sulfato ferroso ha sido el estándar durante décadas y tiene buena evidencia de eficacia. El problema es su perfil de efectos secundarios: náuseas, estreñimiento, dolor abdominal y heces oscuras son quejas frecuentes, especialmente en dosis terapéuticas de 100-200 mg de hierro elemental al día.
El bisglicinato ferroso es una forma quelada en la que el hierro está unido a dos moléculas de glicina. Los estudios disponibles muestran una absorción comparable al sulfato (y en algunos ensayos, superior) con una tolerancia gastrointestinal significativamente mejor. Esto no es un detalle menor: si los efectos secundarios hacen que abandones la suplementación a las dos semanas, la eficacia teórica del producto no sirve de nada.
En cuanto al timing, la absorción de hierro mejora en ayunas o alejada de café, té, lácteos y otros minerales como calcio y zinc, que compiten por los mismos transportores intestinales. Tomar el suplemento por la mañana, con un poco de vitamina C (kiwi, naranja, pimiento rojo) y separado del desayuno completo, es la estrategia que más consistentemente aparece en la literatura.
El impacto en el rendimiento cuando se corrige una deficiencia real es medible y relevante. Dentro de las primeras 4-8 semanas de suplementación, los atletas deficientes suelen experimentar:
- Aumento de la hemoglobina y mejoría del transporte de oxígeno a los músculos.
- Incremento del VO2max, la capacidad aeróbica máxima.
- Reducción de la percepción de esfuerzo a intensidades submáximas.
- Menor fatiga durante sesiones largas y recuperación más rápida entre entrenamientos.
Dicho esto, los efectos no son inmediatos ni espectaculares en todos los casos. La magnitud de la mejora depende del grado de déficit previo: cuanto más baja estaba la ferritina, más margen de recuperación hay. En atletas con ferritina borderline (entre 20 y 30 ng/mL), los beneficios son más discretos y más difíciles de atribuir de forma directa a la suplementación.
La investigación en este campo sigue avanzando. Hay ensayos clínicos aleatorizados en marcha en 2026, muchos de ellos centrados en afinar la dosis óptima, comparar formas de hierro y estudiar el momento ideal de suplementación según la fase del ciclo menstrual o el bloque de entrenamiento. Por ahora, el consenso práctico apunta a dosis de hierro elemental entre 30 y 100 mg diarios según el grado de deficiencia, durante un mínimo de 8-12 semanas, con seguimiento analítico para ajustar y no sobrepasar el objetivo.
El hierro no es un suplemento de rendimiento en el sentido convencional. No te hace más fuerte si ya estás bien. Pero si lo necesitas y no lo tomas, estás compitiendo con el freno de mano puesto.